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Marcel Pey es uno de esos personajes que han padecido en carne propia la miseria cultural del país. Representante desde los años sesenta de algunas de las principales escuelas vanguardistas y experimentales del arte catalán, su obra ha combinado diferentes disciplinas como el cine, la literatura y la fotografía hasta conseguir un lenguaje de síntesis, mestizo, totalizador. Difícil resulta catalogarlo en esta o esa tendencia porque su evolución se ha mantenido en mutación, mimetizando del tiempo nuevos colores, nuevas propuestas como un auténtico camaleón artístico.

Sus libros de artista han ido definiendo durante los últimos veinte años una estética que ha mantenido, tanto en la poesía como en la fotografía, unas constantes, un estilo personal, una voz propia. Sin duda, se pueden observar antes las diferencias que las similitudes con la mayoría de sus contemporáneos. Desmarcado de las corrientes realistas y reivindicativas de finales de los sesenta y de los setenta, Pey apostó por una visión diferente de la realidad con el único objetivo de captar esa secuencia temporal, ese flash que se fija en la retina. Desde sus películas hasta los poemas y las piezas fotográficas manipuladas que los acompañan, el artista se mueve en un territorio límite, en una frontera entre la secuencia y la turbación. El arte de Pey consiste en no dejar nunca indiferente al receptor. Describe en imágenes fotográficas y poéticas un universo fantasmagórico e inquietante donde la realidad siempre está trasvestida, mutilada, fraccionada en espacio y tiempo. El tiempo que siempre capta el flash de Pey es ese instante entre el parpadeo, esa intermitencia con la que el subconsciente siempre nos traiciona.

Toda su simbología recoge una estética que ha ido evolucionando desde el narcisismo de sus primeros trabajos hasta un cierto fetichismo que se expresa con objetos de una transcendencia trágica. El sexo y la muerte aparecen representados por todos los parafernales del sadomasoquismo o por las armas. Eros es la excusa y Tánatos, hijo de la noche y hermano del sueño, concentra su imagen entre las intermitencias de las exposiciones. De esta confrontación entre lo bello y lo maldito nace una obra marcada por las dualidades. El artista combina imágenes consiguiendo esa sensación de montaje, de inestabilidad, esa manipulación que se convierte en lo extraño, en el miedo. Lo desconocido aparece siempre detrás de lo real produciendo el efecto de choque entre sensaciones que ha caracterizado su obra.

Sus primeros trabajos habían incidido en el narcisismo como elemento autodestructivo. Del underground primigenio, Pey ha continuado su evolución por una iconografía de lo onírico a través de los fantasmas de la vida cotidiana, del consumo, de la simbología con la que nos bombardean los media. Fruto de esas combinaciones ha surgido una obra singular y plena, original e inclasificable.

Las exposiciones que han acogido sus piezas nos han mostrado cuadros reprográficos de grandes dimensiones donde las fotografías manipuladas mantienen el protagonismo. Pey trabaja en series, elaborando pocas piezas y transformándose imperceptiblemente. Sus últimos trabajos con Polaroids son una especie de síntesis de los detalles de ese barroquismo de las obras de gran formato de las últimas exposiciones. Paralelamente, nos ha ofrecido una selección de libros de artista en los que podemos apreciar la calidad de los poemas que los acompañan. Algunos críticos, ahora que está a punto de recopilarse su obra poética completa en un solo volumen, apuntan que la poesía ha sido el gran reto de su obra. Muchos se atreven a calificarlo como uno de los poetas más destacados de las últimas generaciones de la poesía en catalán. Interdisciplinario, apocalíptico, Pey complementa en sus textos la profundidad de Blake con la actualidad de Lou Reed. El cielo, los ángeles, la muerte, la oscuridad permanecen encerrados entre las estrofas. La contundencia de las imágenes nunca ha derrotado a la delicadeza de sus textos. Suplementarios, sus poemas y sus fotografías viven inmersos en ese universo cambiante, oscilante y agónico en el que Marcel Pey ha decidido recluirse.

David Castillo. La Fotografía, núm. 23